Convivencia Universal sin fanatismo

 

Si bien la tradicional conformación social siempre ha requerido, como grupo o comunidad, de la necesidad del seguimiento de una idea común de supervivencia, defensa o desarrollo, llegando, en determinados momentos de la historia, a formar costumbres y culturas que las caracterizan; también lo es que algunas, por diversas razones (como las de generar fortalezas en los débiles o de lograr cohesión comunitaria), han exaltado tanto sus ideas, filosofías o culturas como únicas y verdaderas, de tal manera que estiman a las demás costumbres o culturas como falsas o reprochables (fanatismo). Sin embargo, independientemente de su apreciación tradicional o actual, la convivencia de la sociedad contemporánea, pluralista en su conformación y sus pensamientos, no puede desarrollarse, sino con otra “idea común” consistente en la unidad del género humano del planeta en plena libertad e igualdad cósmica, la cual implica el respeto a las libertades y pensamientos de sus propios miembros y la de las demás agrupaciones sociales.

Ahora, es normal que la sociedad actual tienda seguir socialmente una guía común determinada, en todos los campos de la vida, sea con el sentimiento, la imitación, la atención a una idea, la aceptación de un pensamiento, el seguimiento a un líder y, en general con el seguimiento de un rumbo para el bienestar de una colectividad. E igualmente lo es, que la misma sociedad (como aficionada o fan) asuma con fervor o entusiasmo el seguimiento o admiración, la promoción y la defensa de un sentimiento (v.gr. como nacionalidad), de un afecto (v.gr. como la familiaridad), de una imagen (v.gr. como la de artistas), de una expresión cultural (v.gr. como el folklor y las artesanías), o de una orientación política (v.gr. como la democracia) o de otra índole (v.gr. como la moda), y, hoy día, resulta comúnmente aceptado el seguimiento a la idea de la humanización del universo. Pero todos estos seguimientos sociales no solo son escogidos libremente por alguna razón por los seguidores, sino que aceptan y toleran la existencia de otras aficiones, y respetan las críticas razonables que se asignen.

Sin embargo, actualmente otros seguimientos aparecen como radicales y defectuosos en caso de “fanatismo propiamente dicho”. Porque, en este evento, se exalta obsesiva o excesivamente el culto a una idea, representada en un objeto específico (sea religioso, político, deportivo, etc.), de tal manera que perturba sensiblemente la libertad y la razón necesaria para evaluar el contexto pertinente y, en consecuencia, perturba la facultad de mirar, aceptar o tolerar, otras alternativas y evaluar la más razonable. Y ello, a su turno, permite la manipulación o utilización de los fanáticos para otros fines, a veces inhumanos (arriesgar la vida) e, incluso, también puede conducir al tráfico personal o económico, mediante el aprovechamiento de sus servicios personales o domésticos, o la explotación económica de todo o parte de sus patrimonios de los fanáticos.

De allí que si bien el “seguimiento social” contribuye a la consolidación y defensa de la idea o ente (grupo u organización) al cual se sigue, el “fanatismo social”, por el contrario, no solo exalta irracional o desbordadamente la idea que se tiene, sino que también facilita el aprovechamiento de la debilidad, la exclusión, la intolerancia y la separación de los demás grupos sociales, y, en ciertos casos, facilita y propicia la violencia, la agresividad o la guerra contra ellos. Ello ha sucedido con casi todos los fanatismos religiosos, y aún acontece con algunos arcaicos que sobreviven. Pues, en caso de tenerse una confesión religiosa no se necesita hacer un “culto excluyente” de todas las demás confesiones, por más valor que se le otorgue a aquella, a fin de afianzar su aceptación; ya que para lograr esta última basta fortalecer la convicción tradicional en ella, es decir, es suficiente simplemente que cada persona acepte exclusivamente para sí esa idea, respetando recíprocamente las ideas y, en consecuencia, los derechos humanos reconocidos a los demás, sin excluirlos, ni mucho menos de calificarlos de enemigos. Luego, para defender una creencia religiosa, la tendencia contemporánea, ha demostrado que basta acudir a la convicción propia de ella, respetando las convicciones y demás derechos humanos ajenos, sin necesidad de seguir los fanatismos religiosos extremos que lo afectan. Y, más aún, en caso de tenerse una creencia exclusiva en sí mismo, ajena a una convicción religiosa, tampoco se necesita hacer “un culto excluyente” de las confesiones religiosas, por más valor que se autoreconozca a dicha creencia humana. Pues para su defensa, es suficiente con acudir a las argumentaciones personales o a las de la ciencia que la sustentan, respetando las ideas religiosas y derechos humanos de los demás.

Y precisamente está “inutilidad del fanatismo” para difundir su idea y organización fanática, con exclusión de las demás, también ha venido aplicándose en los demás fanatismos, especialmente los políticos, los sociales, los deportivos, etc. Por esta razón “los fanatismos” en sentido estricto, esto es, aquellos cuyo excesivo culto a la idea los hace excluyentes de otras ideas en el mismo sector, tienden a desvanecerse en esta sociedad contemporánea pluralista.

De allí que, de acuerdo con la experiencia pluralista de la humanidad, los actuales fanatismos sociales tiendan a debilitarse o desaparecer, cuando, incluyendo a los sectores o grupos que los practican (cualquiera que sea su sexo o condición), todas las poblaciones humanas generen:

  1. Comunicación y vinculación social efectiva (al menos electrónica), con todos o algunos de los demás sectores sociales.
  2. Desarrollo de la creencia en sí mismas, acompañada de la conciencia de tenencia de condiciones o de facultades personales de desarrollo, distintas al fanatismo, especialmente las de educarse, proyectarse y participar en la dirección de la sociedad.
  3. Reconocimiento de las históricas diversidades y libertades humanas, con base en el conocimiento y la protección de la coexistencia y concurrencia de la diversidad cultural.
  4. Tolerancia del multiculturismo en igualdad y con eliminación de la exclusión, prevalencia o dominación de cualquier clase en ella.
  5. Progresividad comprobada de la integración del género humano del planeta.

Con ello se abre paso a la convivencia contemporánea universal sin fanatismo. Sin embargo, este ideal, universalmente aceptado, todavía se encuentra en proceso de construcción y, más aún, su realización depende de su aplicación por todos los seres humanos del planeta.

 

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