Edadismo: Muerte Social

 

Marta Saenz Correa

Mis queridos lectores, es posible que a muchos de ustedes les ocurra igual que a mí, que no les suene el término edadismo. En palabras sencillas, las personas después de cierta edad no son tomadas en cuenta porque se cree que ya no son capaces de desempeñarse correctamente en un cargo. Este es la tercera forma de discriminación más frecuente después del racismo y sexismo y se presenta usualmente en el ámbito laboral.

El edadismo es la discriminación por edad que le cierra la puerta a cientos de personas en el campo laboral porque tener tantos años les hace inservibles y pocos capacitados para desenvolverse bien. En nuestro país es más importante tener una persona joven que trabaja a menor costo, porque se le puede exigir más, tiene más tiempo disponible y supuestamente más ganas de aprender, aunque con menos experiencia; además, porque las personas mayores cobramos más debido a todo lo que hemos hecho y aprendido.

Son muchas las situaciones que permiten detectar estilos edadistas, como el uso cotidiano del lenguaje para referirse a las personas mayores, que se caracteriza por términos y expresiones como los abuelos, los jubilados, o los viejos. La discriminación por edad supone una percepción negativa de las personas mayores, normalmente por parte del resto del grupo que los rodea, pero también por el propio colectivo de mayores. Esta percepción negativa incluye ideas como enfermedad, dependencia, deterioro, y la mayoría de las veces no corresponden con la realidad.

Los jóvenes consideran que los cambios que trae con sigo la vejez son indeseables e inconscientemente rechazan el proceso de envejecimiento. Estas ideas no surgen al azar, sino que son producto del tipo de sociedad en la que vivimos, en la que la productividad y el consumo tienen gran importancia y en donde el principal recurso para su funcionamiento es la población joven. La presencia de creencias edadistas pueden tener consecuencias tanto para las personas mayores como para los profesionales que trabajan con ellos, como la pérdida prematura de independencia, mayor discapacidad, mayor índice de depresión, ansiedad, reducción del sentimiento de autoeficacia, disminución del rendimiento, y estrés.

Para minimizar esta práctica discriminatoria se requiere por parte de las empresas inversión en políticas de diversidad que permitan incrementos en la creatividad, mejora de la imagen y clima laboral, mayor productividad, compromiso y cohesión interna. La mayoría de las empresas sim embargo, no invierten en estos temas ni utilizan sistemas de evaluación de impacto de las políticas de diversidad.

Para prevenir el edadismo se tienen que producir cambios en los sistemas que lo perpetúan, tales como los medios de comunicación, la cultura, las instituciones, y el gobierno. Para ello, resulta necesario realizar políticas de intervención que incluyan el diseño e implantación de programas dirigidos a reducir el impacto de las ideas y actitudes edadistas, y la formación de las personas mayores, que les permitan mejorar su salud mental y adquirir mayor independencia. Estos programas deben vincular a las familias, dado que, si estos programas no tienen en cuenta la presencia en las familias de actitudes edadistas como las comentadas, los programas no serán efectivos.

No debemos olvidar que el mayor es solo mayor, nada más, y la vejez no es una enfermedad o discapacidad. Por lo cual, no se justifica les tratemos como si fueran niños pequeños a los que hay que hablarles despacio y a todo volumen como si fueran sordos. El mayor sigue siendo la misma persona, con sus características particulares, sus virtudes, sus defectos, suyas y no generalizables. Y sobre todo, siempre con su dignidad. Enseñemos a nuestros niños a querer y respetar a nuestros mayores y no discriminarlos.

 

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